—Ves, te lo dije. No estabas enamorado, estabas aburrido.

—Estoy enamorado —le confesó a su amigo Santi, apoyando la frente contra el vidrio empañado del taller mecánico donde trabajaban.

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—¿Y bien? —preguntó Santi.

Pero Lucas no escuchaba razones. Ya había planeado todo: le escribiría una carta con perfume a gasolina (porque no tenía otro), tocaría su puerta con una flor robada del jardín de su mamá, y le declararía su amor eterno. El problema comenzó cuando, al subir las escaleras del edificio con el corazón en un puño, escuchó dos voces detrás de la puerta de Valeria.

Lucas sintió que el suelo desaparecía. No era una vecina solitaria, sino una pareja. Y para colmo, el novio era fisicoculturista y usaba una camiseta de su banda favorita. La flor se marchitó en su mano antes de tocar el timbre.

—Si es el del taller de abajo, lo invito a pasar un café, el pobre siempre me mira con cara de necesitado —respondió una voz grave, masculina.

Lucas lo pensó un segundo. Tal vez Santi tenía razón. Pero igual, esa noche, soñó con Valeria y sus suculentas. Solo que esta vez, en el sueño, él era el suculento.

—Ay, mi amor, ¿quién será a esta hora? —dijo ella.

Lucas llevaba tres días mirando por la ventana de su cocina a la misma hora. Cada tarde, puntual como un reloj roto, la nueva vecina del 3°B salía a regar sus suculentas en el balcón. Su nombre era Valeria, y para Lucas, cada movimiento de ella era poesía en cámara lenta.