Pelicula El Pianista En Espanol -
El invierno fue el peor enemigo. En un apartamento tapiado en la calle Chłodna, Szpilman contrajo ictericia. Su cuerpo era un esqueleto que aún respiraba por milagro. Ya casi no podía mover los dedos. Ya casi había olvidado la forma de las teclas.
Aquí tienes un relato inspirado en El pianista , la película de Roman Polanski, pero contado como una historia original en español. Władysław Szpilman tenía los dedos largos y finos, como si estuvieran hechos solo para acariciar el marfil de un piano. En Varsovia, antes de la guerra, su nombre era sinónimo de la delicadeza de Chopin. Sus manos volaban sobre el teclado en la radio polaca, y los oyentes cerraban los ojos para seguir esa lluvia de notas que caía suave sobre la ciudad.
Szpilman se acercó tambaleándose. Sus dedos tocaron las teclas. Eran reales. Por primera vez en años, eran reales. Y empezó a sonar la Balada en sol menor de Chopin. La música salió rota al principio, como un animal herido, pero luego se fue enderezando, y las notas llenaron la habitación vacía. Afuera, los cañones rusos retumbaban en el horizonte.
Pero el oficial lo miró, vio su abrigo mugriento, sus ojos hundidos… y preguntó: pelicula el pianista en espanol
Una tarde de febrero de 1945, mientras buscaba algo de comida entre los escombros de una casa derruida, oyó pasos. Era un oficial alemán, alto, con un abrigo largo y una linterna. Szpilman cerró los ojos. Aquí termina todo , pensó.
Szpilman siguió tocando, pero ahora en silencio. Movía los dedos en el aire, sobre las rodillas, sobre las tablas de una mesa rota. Su familia lo miraba con una mezcla de ternura y desesperación. ¿Para qué servía la música cuando el hambre sonaba más fuerte que cualquier nota?
Pero al llegar a la antigua calle de la radio, empujó una puerta que aún se sostenía. En un rincón, entre vigas caídas, había un piano destartalado. Se sentó. Apoyó los dedos. El invierno fue el peor enemigo
Quedó solo en el gueto vacío. Saltó de una guarida a otra: una cocina sin fuego, un desván con goteras, el ático de un hospital donde los heridos gemían como violines desafinados. Comía lo que encontraba: patatas podridas, agua sucia. Sus manos, antes tan cuidadas, ahora temblaban al sostener un trozo de pan.
El oficial no dijo nada. Cuando Szpilman terminó, el alemán asintió lentamente. Le trajo pan, mermelada y su abrigo. Y se fue.
Llegó la Gran Acción. Los trenes partían al este, y los Szpilman fueron arrancados de su escondrijo en la calle Sienna. En la rampa del Umschlagplatz, entre gritos y perros que ladraban, un policía judío amigo suyo lo apartó del grupo: «Corre, Władysław. Tú aún puedes vivir». Vio por última vez a su madre, a sus hermanas, a su padre. No hubo adiós. Solo el eco de un portazo de hierro. Ya casi no podía mover los dedos
Pero el otoño de 1939 cambió el sonido de todo.
—Soy pianista —susurró Szpilman, como si esa palabra pudiera salvarlo.
