Don Joaquín asintió. No era la primera vez que veía una de esas. La tableta, blanca y robusta, tenía un propósito claro: ser una herramienta educativa, no una de entretenimiento. Pero el chico insistía, quería ponerle juegos, redes sociales, un navegador que no estuviera vigilado.
—Mira, muchacho —dijo, bajando la voz—, técnicamente no puedes porque el sistema está cerrado. Pero... —tomó un destornillador diminuto— hay historias que nadie te cuenta. Dicen que ciertos técnicos del gobierno dejaron una puerta trasera por si alguna vez las tablets se convertían en ladrillos inútiles. Una secuencia de toques en la esquina superior izquierda, y el Modo Kiosco se desactiva por diez minutos. Justo lo necesario para instalar lo que quieras.
El chico suspiró. Don Joaquín, sin embargo, notó algo que lo hizo sonreír: un puerto microUSB y una partición oculta que solo aparecía si se conectaba una memoria con un archivo específico. En sus años de juventud había sido técnico de sistemas para el Estado. Sabía que esos candados siempre tenían una llave de respuesto, aunque nadie la mencionaba. Don Joaquín asintió
—¿Usted sabe cómo hacerlo?
El chico abrió los ojos como platos.
—Sé que existe. Pero no te voy a decir cómo. Porque la libertad también es entender para qué son las cosas. Esa tableta es para aprender. Si la llenas de juegos, no te servirá para lo único que realmente puede cambiarte la vida. Si quieres instalar otras cosas, consigue tu propia tableta. Esa... es prestada.
—No puedes —dijo don Joaquín, encendiendo la tableta—. Porque no es tuya. Es del gobierno. Pero el chico insistía, quería ponerle juegos, redes
Don Joaquín guardó silencio por un momento. Luego, empujó la tableta de vuelta hacia el chico.